El filósofo y pedagogo norteamericano John Dewey (1859-1952) estuvo en México tres ocasiones: en 1923, 1926 y 1937. Las primeras dos viajó para conocer el proyecto de Misiones Culturales impulsado por José Vasconcelos. La última fue para entrevistarse con Leon Trotsky, en su papel de presidente de la llamada “Comisión Dewey”, grupo conformado por intelectuales y activistas de todo el mundo encargados de revisar el juicio que se seguía en la URSS en contra del fundador del Ejército Rojo.  

 

Cuando visitó México por primera vez, Dewey rebasaba los 60 años y era una figura notable de la filosofía y la educación. Había desarrollado ya su teoría de la pedagogía de la acción; había dirigido una escuela para niños donde, por espacio de ocho años, puso en práctica sus ideas sobre la experiencia personal, la adaptación constante y la participación activa en el aprendizaje. Había asesorado el diseño de sistemas educativos de otros países (China, Turquía, Japón) y formado varias generaciones de pedagogos. Su figura era inspiración para muchos y su pensamiento era discutido en escuelas y círculos intelectuales de todo el mundo. 

En México, hacía pocos años del fin de la revolución. El gobierno intentaba reconstruir el Estado mediante la creación de un sistema político fuerte y estable capaz de conjurar otra revuelta, reactivar la economía nacional y cumplir las demandas populares. Dos de los principales retos eran abatir el analfabetismo, que en aquel entonces era de 79.2 por ciento, e incorporar a los indígenas (que, según Dewey, representaban 80 por ciento de la población total) a un nuevo proyecto de país vía la castellanización (pues en aquel entonces la lengua indígena se consideraba un obstáculo para el aprendizaje, y por tanto una de las principales causas del atraso cultural y económico de estos grupos). 

Era preciso dar educación y crear una nueva gran identidad nacional. Para ello se echó a andar una gran campaña de alfabetización y promoción de la cultura. Se crearon escuelas federales y bibliotecas, se organizaron caravanas artísticas que recorrían todo el territorio; se promovió el trabajo de los artistas mexicanos en el extranjero y grandes exponentes del arte europeo visitaron nuestro país. En el campo se fundaron “misiones culturales”, que eran a la vez escuela, internado y cabildo. Dicho modelo estaba inspirado en las ideas de Dewey sobre la “educación activa”.  

Dewey consideraba que niños y adultos aprendemos de la misma forma: a través de la experiencia y la acción. El pensamiento es el instrumento que utilizamos para resolver dichas experiencias, mientras que el conocimiento es el aprendizaje que acumulamos a través del tiempo. Sostenía que, desde antes de ir a la escuela, los niños ya son arquitectos de su propio conocimiento, y que están ansiosos por expresarse, comunicarse y aprender de aquello que les gusta. Por lo tanto, los educadores no deben limitar las inquietudes e intereses del niño, sino encaminarlos hacia los temas de estudio, y a la vez reincorporar dichos temas a la experiencia. Su labor es ayudar al niño a realizar su propio destino. 

En 1896 a 1904, mientras era profesor del departamento de Pedagogía de la Universidad de Chicago, Dewey fundó una escuela experimental donde tuvo oportunidad de aplicar sus teorías; una versión a escala del mundo adulto en la que los niños aprendían de acuerdo con su edad e intereses. Los de seis años tenían que encargarse de una granja, cosechar diversos productos y venderlos en el mercado. Los niños de 7, 8 y 9 años aprendían del pasado en réplicas de escenarios históricos que ellos mismos hacían. Los muchachos trece años organizaron a toda la escuela para edificar un salón de debates. Todo esto se relacionaba con el estudio de las matemáticas, la naturaleza, la economía, la política y la historia aplicadas a la resolución de problemas concretos.  

Para Dewey, la educación era el principal agente de transformación social, y la escuela el escenario ideal para sembrar la semilla de una sociedad justa y democrática, tanto en los niños como en los adultos. En su escuela, los alumnos participaban en el diseño de actividades, el trabajo era cooperativo y había turnos para dirigir cada proyecto. 

Las misiones culturales, inspiradas en este modelo, se ubicaban en las llamadas “casas del pueblo”, que además de ser escuela, daban alojamiento a niños y adultos de otras comunidades y servían como espacio para la realización de asambleas comunitarias. Sus puertas estaban siempre abiertas. Eran construidas por la comunidad a instancias del maestro, quien tenía el cometido no sólo de alfabetizar y castellanizar a niños y adultos, sino también de instruirlos en materias prácticas relacionadas con la industria, la agricultura y la artesanía. Tenía además que formar nuevos educadores y, en lo posible, ayudar a la comunidad a resolver sus problemas. Éste fue el origen de las escuelas normales rurales, su idealismo y su espíritu crítico. 

Durante su estancia en México, Dewey visitó las misiones culturales de Morelos y Tlaxcala. Quedó impresionado por la forma en que las actividades escolares y comunitarias se hallaban entrelazadas y por el papel de promotores sociales que desempeñaban los maestros, tan cercano a su idea de la educación como camino a la democracia. Elogió los esfuerzos del gobierno por alfabetizar a los pueblos indios aunque se cuestionó sobre las consecuencias de homogeneizar la diversidad cultural (en un esquema que al fin y al cabo era muy parecido a la imposición de conocimientos ajenos a las aspiraciones del niño que Dewey tanto criticaba). 

 

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Referencias

Meyer, L. “La institucionalización del nuevo régimen”, en: Historia general de México versión 2000, El Colegio de México: Centro de Estudios Históricos, 2000. 

Monsivais, C. “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX”, en: Historia general de México versión 2000, El Colegio de México: Centro de Estudios Históricos, 2000. 

Taylor, X., Arredondo, A., & Padilla, A. (2016) “John Dewey en México: una experiencia compartida del mundo rural” En: Espacio, Tiempo y Educación, 3(2), 33-63. doi: http://dx.doi.org/10.14516/ete.2016.003.002.002 

Westbrook, R. “John Dewey (1859-1952)” Publicado originalmente en: Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXIII, nos 1-2, 1993, págs. 289-305. UNESCO: Oficina Internacional de Educación, 1999. Consultado en: www.unav.es/gep/Dewey/Westbrook.pdf